- Primero el cuarto central, luego el adyacente, y así sucesivamente - explicó la rata de laboratorio, mostrando un croquis roído por las esquinas.
La rata con poder frunció el hocico, las orejas erguidas en señal de alerta.
- ¿Y quién les dio permiso para decidir eso? - gruñó, clavando las garras en la mesa -. A mí nadie me consultó.
La rata de laboratorio abrió la boca para justificar el plan - había una lógica, un método -pero entonces la rata sin pantalones se adelantó, agachando las orejas y retorciendo las patas delanteras:
- ¡Disculpe, gran rata! - gimió, casi arrastrándose - . Fue un error. No volverá a pasar.
El silencio fue glacial.
La rata de laboratorio y el ratón antiguo intercambiaron una mirada: ¿Acabamos de ver cómo nuestra líder se arrastraba?
Desde ese día, el ratón veterano dejó de asistir a las reuniones. La rata con poder había ordenado que solo fuera la rata de laboratorio, quien ahora cargaba con:
Exponer los problemas (siempre los mismos).
Recibir las miradas asesinas de la rata con poder.
Ver desde el rincón cómo la rata sin pantalones se limitaba a asentir, mudo, como un mueble más.
Fue entonces cuando, en los pasillos oscuros del nido, comenzaron a susurrar:
- Por algo es la rata sin pantalones - no tiene dignidad que proteger.

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